- Ven acá y te contaré un cuento.
- ¿Qué clase de cuento?
- Uno que después tú me contarás.
Y cerré los ojos.
*Capítulo XXI
Entonces apareció el zorro:
-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -dijo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué significa "domesticar"?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "
-¿Crear vínculos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor... domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
jueves, 5 de noviembre de 2009
martes, 18 de agosto de 2009
Y cuando abrí la cortina, había una batalla afuera.
Me desperté por culpa de un hedor, quien insistentemente quería recorrer hacia adentro por mis fosas nasales.
Le declaré la guerra tan pronto abrí los ojos.
Después me acordé.
Permanecí algunos segundos boca arriba, o quizá fueron minutos.
Estiré la mano y tomé un cigarro, mi estómago me hacía mil promesas de molestias vespertinas; no me importó.
Sorbí un poco y escupí el humo.
Sorbí un poco más.
Miré cómo se enrojecía el papel.
Entre la nube gris que ahora cubría una pequeña parte de espacio sobre mi, creí haberte visto.
Se dibujaron tus ojos que prometían, las mejillas lisas, tu nariz picudita, tus labios rosas; rosas y sin textura alguna, y ese músculo ovalado con el que, algunas noches atrás, hacías cosquillas en mi paladar.
La boca se te abría, articulando palabras que no podía escuchar, intentaba nada más adivinarte los labios.
Un líquido verdoso salía de tu garganta, y resbalaba por mi lengua.
Bajaba por mi faringe, usando la saliva para lubricar su recorrido.
Se me adormecieron los adentros.
El estómago detuvo su labor, y los alimentos que esperaban por ser digeridos tuvieron que hacerse a un lado y conversar entre sí.
Yo me llenaba poco a poco del veneno con que me anestesiabas.
Se me inflaron el pecho y las esperanzas.
*El engaño tiene siempre dos extremos:
1. Madurez
2. Alevosía
Sabiéndote en el número dos, solamente puedo desearte suerte en el largo recorrido que amerita encontrarse en el uno… tu nueva oportunidad tiene nombre propio.
Le declaré la guerra tan pronto abrí los ojos.
Después me acordé.
Permanecí algunos segundos boca arriba, o quizá fueron minutos.
Estiré la mano y tomé un cigarro, mi estómago me hacía mil promesas de molestias vespertinas; no me importó.
Sorbí un poco y escupí el humo.
Sorbí un poco más.
Miré cómo se enrojecía el papel.
Entre la nube gris que ahora cubría una pequeña parte de espacio sobre mi, creí haberte visto.
Se dibujaron tus ojos que prometían, las mejillas lisas, tu nariz picudita, tus labios rosas; rosas y sin textura alguna, y ese músculo ovalado con el que, algunas noches atrás, hacías cosquillas en mi paladar.
La boca se te abría, articulando palabras que no podía escuchar, intentaba nada más adivinarte los labios.
Un líquido verdoso salía de tu garganta, y resbalaba por mi lengua.
Bajaba por mi faringe, usando la saliva para lubricar su recorrido.
Se me adormecieron los adentros.
El estómago detuvo su labor, y los alimentos que esperaban por ser digeridos tuvieron que hacerse a un lado y conversar entre sí.
Yo me llenaba poco a poco del veneno con que me anestesiabas.
Se me inflaron el pecho y las esperanzas.
*El engaño tiene siempre dos extremos:
1. Madurez
2. Alevosía
Sabiéndote en el número dos, solamente puedo desearte suerte en el largo recorrido que amerita encontrarse en el uno… tu nueva oportunidad tiene nombre propio.
domingo, 16 de agosto de 2009
Finalmente es mi espacio y no lo cederé
Es un " do " que se repite sólo una vez, " si " " la ".
Todo en negritas, que hablan por corto espacio de segundos, para después regresar, medio contentas, medio aplacadas; quizá suban a " fa ", quizá se queden calladas.
Es un cansancio que se mezcla con el sabor de la noche.
Todo negrito, y el silencio no platica esta vez.
Se escucha a lo lejos la respiración de los coches, el palpitar de las horas.
La palma de mi mano derecha cuestiona a mi mejilla y a mis labios.
Quizá le responda más tarde, quizá me lo guarde por siempre.
Qué ganas de quedarme sin ganas.
Si hago un arpegio en la guitarra y me recuesto sobre ella puedo sentirlo todo, las vibraciones de su aire, los suspiros contenidos, las historias que no terminamos de contar, y que por pura necesidad vamos a dejar pendientes.
Voy a caminar mucho y a respirar más, a limpiar el playlist de mi itunes, hay canciones repetidas y sonidos que vengo cargando de algún tiempo atrás.
Las olas son el vientre materno al que pretendo regresar, te buscaré allá.
Quizá esta vez sí te logre encontrar, y por fin quieras venir acá.
Entonces todos sabrán que el gris se terminó, y comprenderás también que he aprendido a cocinar.
Con todo y que te quedaste en el limbo, seguro te gustará.
Todo en negritas, que hablan por corto espacio de segundos, para después regresar, medio contentas, medio aplacadas; quizá suban a " fa ", quizá se queden calladas.
Es un cansancio que se mezcla con el sabor de la noche.
Todo negrito, y el silencio no platica esta vez.
Se escucha a lo lejos la respiración de los coches, el palpitar de las horas.
La palma de mi mano derecha cuestiona a mi mejilla y a mis labios.
Quizá le responda más tarde, quizá me lo guarde por siempre.
Qué ganas de quedarme sin ganas.
Si hago un arpegio en la guitarra y me recuesto sobre ella puedo sentirlo todo, las vibraciones de su aire, los suspiros contenidos, las historias que no terminamos de contar, y que por pura necesidad vamos a dejar pendientes.
Voy a caminar mucho y a respirar más, a limpiar el playlist de mi itunes, hay canciones repetidas y sonidos que vengo cargando de algún tiempo atrás.
Las olas son el vientre materno al que pretendo regresar, te buscaré allá.
Quizá esta vez sí te logre encontrar, y por fin quieras venir acá.
Entonces todos sabrán que el gris se terminó, y comprenderás también que he aprendido a cocinar.
Con todo y que te quedaste en el limbo, seguro te gustará.
jueves, 13 de agosto de 2009
Jueves
Un día más que me despierto dándole la vuelta a alguna hojita del calendario.
- Casi lo olvidaba - Dije. Y me volví a dejar caer sobre la cama, con la mirada medio presente y medio extraviada contaba los borditos del concreto en el techo.
Hace mucho que no voy a casa.
Algo me dice que, contando el día de hoy, son exactamente ocho años.
Y me vuelvo a platicar todo con lujo de detalles, con un afán medio estúpido, tratando de recordar claramente hasta el grado de la ridiculez.
El primer día de escuela, mientras sentado desde una banquita de metal recién pintada de verde, te miraba al otro lado de la reja, con esos ojos melancólicos, que a veces creo que te heredé, como si verme ahí sentado, esperando impaciente que se abriera la puerta del salón, te pareciera el más grande de tus triunfos. El resto de mis compañeros se aferraba con desesperación a los barrotes de aquella reja, suplicando a sus padres que no los dejaran ahí. Tú parecías sentirte orgulloso de que yo no gritara ó hiciera escándalos, aunque creo que de alguna forma esperabas también que corriera a pedirte que te quedaras ó me llevaras contigo, pero no lo hice.
Después, el rugido de tu moto anunciaba tu partida.
Un hueco de ansias oscuras se abrió en mis adentros.
Trataba de amarrar las lágrimas a mis pupilas, y con ambas manos me aferraba a mi lonchera.
Me había quedado solo, escuchando el llanto de decenas de niños que no conocía.
Corrí a la reja y grité tu nombre hasta el cansancio, pero no regresaste.
Fuí creciendo, y tú y mamá crecieron conmigo.
Algo similar me ocurrió en tu funeral.
Funeral. Qué funesta palabra.
Funeral. Funeral. Funeral.
Hacía un frío otoñal, y yo recién había recibido la noticia.
Bajaba de un carro, no recuerdo de quién.
Ni recuerdo si Paty venía conmigo. Lo más seguro es que sí.
Miré mis pies y me dí cuenta que no había amarrado mis agujetas.
Entré en la capilla velatoria.
La primera persona que ví fué a mí mamá, con el rostro desencajado frente a la caja que te contenía.
Me senté ahí, recargué mi cabeza en su hombro, pero seguro ni cuenta se dió.
Una vez más, sentado en una banquita, escuché llorar a gente que no conocía.
Ningún ruido anunció que te ibas.
Quize ponerme de pie, sacarte de ahí y correr a no sé dónde, pero tampoco lo hice.
Destapaste mi habilidad para curarme las heridas con letras, y con tu partida la volviste a tapar.
Te siento tan incierto, que a veces pienso que eres uno más de esos cuentos que me invento en las noches de no poder dormir.
Intento inutilmente recordar tu tono de voz y no lo encuentro.
Hoy no quiero levantarme.
Hoy no quiero estudiar, ó tocar la guitarra, ó comer, ó saber, ó leer, ó escuchar, ó recordar.
Quiero sentirme en casa, pensar que vuelves, que esa resolución divina me llega, y puedo por fin entender todo de golpe, y curarme el alma.
Escuchar tus silbiditos tempraneros.
Que me cuentes de la señora de la enciclopedia, ó el señor del ropero, ó de tus travesuras cuando niño, ó de la comida de tu abuela, platícame un poquito más.
Sé bien en donde estás pero .. en dónde estás?
- Casi lo olvidaba - Dije. Y me volví a dejar caer sobre la cama, con la mirada medio presente y medio extraviada contaba los borditos del concreto en el techo.
Hace mucho que no voy a casa.
Algo me dice que, contando el día de hoy, son exactamente ocho años.
Y me vuelvo a platicar todo con lujo de detalles, con un afán medio estúpido, tratando de recordar claramente hasta el grado de la ridiculez.
El primer día de escuela, mientras sentado desde una banquita de metal recién pintada de verde, te miraba al otro lado de la reja, con esos ojos melancólicos, que a veces creo que te heredé, como si verme ahí sentado, esperando impaciente que se abriera la puerta del salón, te pareciera el más grande de tus triunfos. El resto de mis compañeros se aferraba con desesperación a los barrotes de aquella reja, suplicando a sus padres que no los dejaran ahí. Tú parecías sentirte orgulloso de que yo no gritara ó hiciera escándalos, aunque creo que de alguna forma esperabas también que corriera a pedirte que te quedaras ó me llevaras contigo, pero no lo hice.
Después, el rugido de tu moto anunciaba tu partida.
Un hueco de ansias oscuras se abrió en mis adentros.
Trataba de amarrar las lágrimas a mis pupilas, y con ambas manos me aferraba a mi lonchera.
Me había quedado solo, escuchando el llanto de decenas de niños que no conocía.
Corrí a la reja y grité tu nombre hasta el cansancio, pero no regresaste.
Fuí creciendo, y tú y mamá crecieron conmigo.
Algo similar me ocurrió en tu funeral.
Funeral. Qué funesta palabra.
Funeral. Funeral. Funeral.
Hacía un frío otoñal, y yo recién había recibido la noticia.
Bajaba de un carro, no recuerdo de quién.
Ni recuerdo si Paty venía conmigo. Lo más seguro es que sí.
Miré mis pies y me dí cuenta que no había amarrado mis agujetas.
Entré en la capilla velatoria.
La primera persona que ví fué a mí mamá, con el rostro desencajado frente a la caja que te contenía.
Me senté ahí, recargué mi cabeza en su hombro, pero seguro ni cuenta se dió.
Una vez más, sentado en una banquita, escuché llorar a gente que no conocía.
Ningún ruido anunció que te ibas.
Quize ponerme de pie, sacarte de ahí y correr a no sé dónde, pero tampoco lo hice.
Destapaste mi habilidad para curarme las heridas con letras, y con tu partida la volviste a tapar.
Te siento tan incierto, que a veces pienso que eres uno más de esos cuentos que me invento en las noches de no poder dormir.
Intento inutilmente recordar tu tono de voz y no lo encuentro.
Hoy no quiero levantarme.
Hoy no quiero estudiar, ó tocar la guitarra, ó comer, ó saber, ó leer, ó escuchar, ó recordar.
Quiero sentirme en casa, pensar que vuelves, que esa resolución divina me llega, y puedo por fin entender todo de golpe, y curarme el alma.
Escuchar tus silbiditos tempraneros.
Que me cuentes de la señora de la enciclopedia, ó el señor del ropero, ó de tus travesuras cuando niño, ó de la comida de tu abuela, platícame un poquito más.
Sé bien en donde estás pero .. en dónde estás?
martes, 4 de agosto de 2009
Cerré los ojos y todo se oscureció,
tu piel, mis ganas, tu indiferencia, mi soberbia.
Los débiles recuerdos, se aferraban con uñas y dientes a mi espalda.
Fueron las palabras, siempre las palabras; que nos salpicaban de una melancolía inexplicable, que no podía hablarse con lengua y saliva, que escurría por mi rostro y caía en el papel.
Me gusta lo que dices, como lo dices y cuando lo dices.
O decías.
Las vibraciones que producían tus labios, no me dejan dormir.
Reniego un poco de lo que me acuerdo, me doy la vuelta y termino sobre mi costado derecho.
Cierro los ojos y pretendo un rato.
No espero tu llamada, no imagino tus caricias.
No escucho tus respiros.
No siento tu distancia.
tu piel, mis ganas, tu indiferencia, mi soberbia.
Los débiles recuerdos, se aferraban con uñas y dientes a mi espalda.
Fueron las palabras, siempre las palabras; que nos salpicaban de una melancolía inexplicable, que no podía hablarse con lengua y saliva, que escurría por mi rostro y caía en el papel.
Me gusta lo que dices, como lo dices y cuando lo dices.
O decías.
Las vibraciones que producían tus labios, no me dejan dormir.
Reniego un poco de lo que me acuerdo, me doy la vuelta y termino sobre mi costado derecho.
Cierro los ojos y pretendo un rato.
No espero tu llamada, no imagino tus caricias.
No escucho tus respiros.
No siento tu distancia.
viernes, 31 de julio de 2009
Hoy, mientras comía escuchaba una canción que dice así:
Como los pájaros perdidos, que vuelan ciegos sobre el mar
a confundirse con un cielo, que nunca más podré recuperar.
Vuelven de nuevo los recuerdos, las horas jóvenes que dí
y desde el mar llega un fantasma, hecho de cosas que amé y perdí.
Y un poema de Pedro Salinas golpeteaba insistente mi cabeza, eran pedazos de explicaciones que iban cayendo junto con la melodía, así que bueno, decidí leerlo de nuevo y les dejo un poco de quien, a mi parecer, fué uno de los escritores más intensos de nuestro idioma.
Es bien bonito compartirlo con quien uno quiere, así que si se animan recomiendo:
Váyanse a la playa, armense un buen menú pa' cenar rico, cárguense un buen vino y repelente para mosquitos, y por ahí de la media noche, cuando la voz del mar se vuelve como un silbidito, léale uste' a aquel (ó aquella, según sea el caso) este intenso pedazo de cariño.. a decir verdad nunca lo he hecho, pero el panorama suena rico, ¿a poco no?.
¿Serás, amor
un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo;
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos,
días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.
Como los pájaros perdidos, que vuelan ciegos sobre el mar
a confundirse con un cielo, que nunca más podré recuperar.
Vuelven de nuevo los recuerdos, las horas jóvenes que dí
y desde el mar llega un fantasma, hecho de cosas que amé y perdí.
Y un poema de Pedro Salinas golpeteaba insistente mi cabeza, eran pedazos de explicaciones que iban cayendo junto con la melodía, así que bueno, decidí leerlo de nuevo y les dejo un poco de quien, a mi parecer, fué uno de los escritores más intensos de nuestro idioma.
Es bien bonito compartirlo con quien uno quiere, así que si se animan recomiendo:
Váyanse a la playa, armense un buen menú pa' cenar rico, cárguense un buen vino y repelente para mosquitos, y por ahí de la media noche, cuando la voz del mar se vuelve como un silbidito, léale uste' a aquel (ó aquella, según sea el caso) este intenso pedazo de cariño.. a decir verdad nunca lo he hecho, pero el panorama suena rico, ¿a poco no?.
¿Serás, amor
un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo;
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos,
días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.
domingo, 26 de julio de 2009
Me gusta imaginar que la señora viejita que vive al lado colecciona payasos de cerámica, que tiene un gato regordete y peludo color caramelo, al cual llama " sepia ". Que mantiene una foto enmarcada sobre el buró en su habitación, una veladora encendida cada día primero y los aniversarios. Que derrama una lágrima y suspira. Que eleva una oración por ese compañero suyo que quizá tuvo. Que quizá se fué. Que quizá murió. Que quizá no tuvo, y que mantiene los rosales siempre vivos con la esperanza de algún día ser uno de ellos.
Me gusta imaginar que mi mamá se pone nostálgica al entrar a mi cuarto,ver la cama tendida, quizá enpolvada por que nadie duerme en ella, y que a partir de eso y para ahorrarse la melancolía decide lavar mis sábanas todos los domingos. Que suspira inevitablemente al ver esa vieja guitarra, toda destartalada, cuerdas de nylon y llaves oxidadas, en la que conocí por primera vez las notas que se escondían en un pentagrama. En la que compuse mi primer canción, y con la que le espantaba el sueño constantemente.
Me gusta imaginar que mi papá viene a visitarme todas las noches, que se siente orgulloso de ver que mantengo mi cuarto ordenado, las camisas de manga larga tendidas dentro del clóset (nunca planchadas, eso sí), mis libros, cd's, playeras, todo bien cuidadito y en su lugar. Que sonríe al verme cocinar. Que se aflige cuando me ve sentado a la mesa solo y suspirando. Que quizá derrama una lágrima por mí, en ese quieto y cálido limbo en el que seguro se encuentra. Que recuerda fiel todos los momentos, los juegos de pelota, las tardes en la playa, la copa de champaña, las canciones de Pedro Infante, las mañanas de domingo, el ceviche acapulqueño (qué chulada!), mi fiebre veraniega, nuestras discusiones sobre ortografía, que no es sólo el recuerdo persistente de una mancha roja derramada sobre una avenida tostada por el sol del puerto.
Me gusta imaginar que mis hermanos tuvieron una niñez tranquila, llena de dulces y promesas, de olores y sabores, que mantienen su espíritu puro y tranquilo.
Me gusta imaginar que quien en su momento me compartió sus ratos, tuvo el mismo miedo que yo, corrió a encerrarse en sí mismo, mientras me quedé abrazado a las dudas. Que esas noches en las que me acostaba sobre una cama envuelta en el fresco del comienzo de primavera, que esas lágrimas que humedecían mi nuca, me regalaron el privilegio de estar un pasito más adelante.
Me gusta imaginar que si me siento derecho, todos los misterios de la vida me serán revelados (como decía mi maestro de Historia en la secundaria).
Me gusta imaginar que ese muchacho de los mensajes piensa en mí, y que cada que lo hace una sonrisa se delata en su rostro. Que quizá tiene la misma ansiedad por los momentos. Que tal vez es prudente en su persona y que, al igual que yo, detesta esa prudencia a ratos. Que sus labios tienen la medida exacta para hacer feliz a alguien.
Me gusta imaginar que el mar se pone triste cuando sabe que debo partir, que sus olas van decreciendo mientras me alejo, que prefiere mostrarse así, tranquilo, como prometiendo que va a estar bien, que cuidará de los míos. Y que tan pronto me pierde de vista sus aguas revientan y se estrellan contra las rocas quienes reciben la furia y se manchan de melancolía y tristeza.
Me gusta imaginar que al cerrar los ojos vuelvo a todo aquello que extraño, a las discusiones infantiles con Kalya sobre a quién le dieron 20 pesos y a quién 10, a las platicas ñoñas con Grecia sobre sus nuevas conquistas y la música que nos va gustando, a los juegos de computadora con Ramesh, a la primera vez que lloré por ver partir a un amigo, al día que me lastimé un pié por jugar con niños más grandes que yo, al olor dulzón de mi abuela Flora, a sentarme en las piernas de mi abuelo y rascarme la mejilla con su barba.
Me gusta imaginar ...
Me gusta imaginar que mi mamá se pone nostálgica al entrar a mi cuarto,ver la cama tendida, quizá enpolvada por que nadie duerme en ella, y que a partir de eso y para ahorrarse la melancolía decide lavar mis sábanas todos los domingos. Que suspira inevitablemente al ver esa vieja guitarra, toda destartalada, cuerdas de nylon y llaves oxidadas, en la que conocí por primera vez las notas que se escondían en un pentagrama. En la que compuse mi primer canción, y con la que le espantaba el sueño constantemente.
Me gusta imaginar que mi papá viene a visitarme todas las noches, que se siente orgulloso de ver que mantengo mi cuarto ordenado, las camisas de manga larga tendidas dentro del clóset (nunca planchadas, eso sí), mis libros, cd's, playeras, todo bien cuidadito y en su lugar. Que sonríe al verme cocinar. Que se aflige cuando me ve sentado a la mesa solo y suspirando. Que quizá derrama una lágrima por mí, en ese quieto y cálido limbo en el que seguro se encuentra. Que recuerda fiel todos los momentos, los juegos de pelota, las tardes en la playa, la copa de champaña, las canciones de Pedro Infante, las mañanas de domingo, el ceviche acapulqueño (qué chulada!), mi fiebre veraniega, nuestras discusiones sobre ortografía, que no es sólo el recuerdo persistente de una mancha roja derramada sobre una avenida tostada por el sol del puerto.
Me gusta imaginar que mis hermanos tuvieron una niñez tranquila, llena de dulces y promesas, de olores y sabores, que mantienen su espíritu puro y tranquilo.
Me gusta imaginar que quien en su momento me compartió sus ratos, tuvo el mismo miedo que yo, corrió a encerrarse en sí mismo, mientras me quedé abrazado a las dudas. Que esas noches en las que me acostaba sobre una cama envuelta en el fresco del comienzo de primavera, que esas lágrimas que humedecían mi nuca, me regalaron el privilegio de estar un pasito más adelante.
Me gusta imaginar que si me siento derecho, todos los misterios de la vida me serán revelados (como decía mi maestro de Historia en la secundaria).
Me gusta imaginar que ese muchacho de los mensajes piensa en mí, y que cada que lo hace una sonrisa se delata en su rostro. Que quizá tiene la misma ansiedad por los momentos. Que tal vez es prudente en su persona y que, al igual que yo, detesta esa prudencia a ratos. Que sus labios tienen la medida exacta para hacer feliz a alguien.
Me gusta imaginar que el mar se pone triste cuando sabe que debo partir, que sus olas van decreciendo mientras me alejo, que prefiere mostrarse así, tranquilo, como prometiendo que va a estar bien, que cuidará de los míos. Y que tan pronto me pierde de vista sus aguas revientan y se estrellan contra las rocas quienes reciben la furia y se manchan de melancolía y tristeza.
Me gusta imaginar que al cerrar los ojos vuelvo a todo aquello que extraño, a las discusiones infantiles con Kalya sobre a quién le dieron 20 pesos y a quién 10, a las platicas ñoñas con Grecia sobre sus nuevas conquistas y la música que nos va gustando, a los juegos de computadora con Ramesh, a la primera vez que lloré por ver partir a un amigo, al día que me lastimé un pié por jugar con niños más grandes que yo, al olor dulzón de mi abuela Flora, a sentarme en las piernas de mi abuelo y rascarme la mejilla con su barba.
Me gusta imaginar ...
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